La vida en colores

Dicen los científicos que el optimismo es el camino más corto hacia la felicidad. ¿Se puede aprender a mirar la vida con lentes más venturosos? ¿O habrá que resignarse a la cuota positiva con la que se vino al mundo?

Fabiana Fondevila

Debe ser un espectáculo. Sin duda, quienes se crucen en la autopista con Zulema Bettiga (60), cualquier mañana del año, deben quedar extasiados de verla bambolear sus rulos al ritmo de Bombón asesino, sacudiendo su Peugeot 206 como si fuera una discoteca ambulante y ése, el mejor día de su vida. Acaso alguno piense que acaba de enamorarse, o que va camino a firmar
la compra de un auto nuevo, o que algo muy maravilloso le ha pasado en los últimos días y sigue con ganas de festejar. Pero no. Zulema va camino a la oficina, cruzando la misma tórrida ciudad que sus compañeros de ruta y arrastrando una historia que cualquier menos ella calificaría de demoledora.

¿Qué tiene Zulema que no tengan los demás? ¿Cuál es el secreto de su felicidad vibrante y cotidiana? Ella dice simplemente que ama la vida, que la ama sin tapujos ni ambivalencia, en todas las estaciones y en cualquiera de sus manifestaciones. Los científicos, específicamente una nueva rama de la psicología que se dedica a estudiar las emociones positivas (ver La felicidad...), dirían otra cosa. Zulema es poseedora de varias cualidades que esta disciplina ha señalado como ingredientes indispensables para la felicidad –gratitud, humor y generosidad – pero, sobre todo, es dueña de una cualidad anímica que está en el centro de la mira de estos estudiosos: el optimismo.

El diccionario define optimismo como "la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable", o, en su aspecto teórico, como "la doctrina filosófica que atribuye al universo la mayor perfección posible". El filósofo alemán G. W. von Leibniz (1646-1716) fue el primero en formular los principios de esta particular visión de la vida, al proponer que: "Si fuésemos capaces de entender lo suficiente el orden del universo, encontraríamos que supera todos los deseos de los más sabios entre nosotros..."

Su doctrina fue criticada y hasta burlada por sus pares, pero recogida por numerosos pensadores posteriores. Hoy, quienes exploran el optimismo buscan responder a dos inquietudes: 1. ¿Es el optimismo la actitud más conducente a la felicidad? 2. ¿Es una cualidad innata o se puede aprender?

La respuesta que dan los investigadores a la primera pregunta es afirmativa: los optimistas son más felices por percibir el mundo con ojos más halagüeños. Como extensión de esa mayor felicidad, los  estudiosos reportan un correlato positivo con la salud (menores enfermedades infecciosas, mejor pronóstico para los enfermos de sida, menor porcentaje de recurrencias en enfermos cardíacos, entre otros). Las últimas fronteras de investigación apuntan a la incidencia del optimismo en el éxito escolar, laboral, deportivo y hasta político (se relacionaron los discursos de campaña de diversos políticos y su posterior suerte en la elección; en todos los casos, los manifiestamente optimistas tuvieron mejores resultados).

¿SE HACE O SE NACE?

La respuesta a la segunda pregunta nos sumerge en terreno pantanoso. El fundador de la psicología positiva, Martin Seligman (ex presidente de la Asociación Psicológica de Estados Unidos y autor de La auténtica felicidad), asegura que hasta los más cínicos son capaces de "aprender optimismo" y mejorar sus vidas. Tomando prestada de Aristóteles la idea de que una vida virtuosa es una vida feliz, Seligman elaboró una lista de 24 fortalezas del espíritu –de las que el optimismo es una importante–, cuyo ejercicio combatiría toda tendencia al desánimo o la depresión. Y diseñó estrategias para desarrollarlas.

Ante nada, distingue al optimista del pesimista a través de lo que llama "estilos explicativos", o de qué forma cada uno se explica los sucesos que le acontecen. Según esta teoría, el optimista reacciona a los golpes de la vida desde una presunción  de poder personal, e interpreta los hechos negativos como reveses: 1. temporarios, 2. específicos y 3. reversibles con habilidad y esfuerzo. El pesimista, en cambio, se siente impotente ante la adversidad, y piensa que los problemas: 1. se perpetuarán en el tiempo, 2. contaminarán el resto de su vida, 3. son culpa suya. Del mismo modo se contraponen en la interpretación de los hechos positivos: el optimista se siente responsable de las buenas cosas que le pasan y mentalmente extiende los hechos afortunados hacia el futuro y a todas las áreas de su vida. El pesimista, nada que se le parezca.

De estas miradas divergentes derivan actitudes opuestas. Al sentirse en control de su destino, el optimista afrontará una enfermedad, un fracaso amoroso y hasta la pérdida de un ser querido como un desafío; el pesimista tenderá a deprimirse
y abandonar la lucha.

Pero volvamos a Zulema. En el 2000, la dama de la melena danzante perdió a su marido –amor de su vida, socio y compañero de aventuras –, mientras ambos hacían frente a la quiebra de la empresa familiar. Mientras él agonizaba de cáncer, tomaron conciencia de que no había forma de salvar el emporio de rulemanes que juntos habían construído. Ella hipotecó su piso en
Belgrano para poder pagarle a todos sus proveedores. Se quedó sin casa, negocio y marido, todo junto. Y con dos hijos adolescentes que cuidar.

Zulema hizo su duelo sin quedarse quieta. "No tuve tiempo de deprimirme", dice hoy, "tenía que sacarnos adelante". Pero todos sabemos que la depresión y el desánimo no piden permiso. Muchos se hubieran encerrado a llorar por tiempo indefinido por cualquiera de esas circunstancias por sí sola.

Zulema no dejó de extrañar a su marido, pero hoy mira su foto y le dice: "Vamos a volver a estar juntos, mi amor, pero dentro de muchos, muchos años. Me quedan demasiadas cosas por vivir."

CLASES DE OPTIMISMO

¿Cuál es la propuesta de Seligman para inyectar positividad a la vida de las personas? Principalmente, aprender a identificar las reacciones que tiene uno ante los eventos desafortunados (cómo los intepreta, qué lo hacen pensar acerca de sí mismo, a qué tipo de acciones lo llevan) y luego entrenarse para disputarlas, generando explicaciones alternativas (externas,
específicas y temporarias). O sea, reemplazar el clásico: "Fallé en el examen porque soy un idiota", por "Me fue mal porque no estudié lo suficiente sobre el punto C", y prepararse para remediar la falla en la próxima oportunidad.

Seligman se defiende de las críticas por la simpleza de la propuesta citando estudios de laboratorio (con perros y ratones) que demostrarían que la impotencia se aprende, y argumentando que "todo lo que se aprende se puede desaprender".

Como contrapartida, el psicólogo admite que los pesimistas suelen tener una visión más precisa de sus habilidades que sus pares más positivos. "Si, en un examen, un pesimista contesta 20 preguntas de 40 correctamente y luego uno le pregunta: '¿Cómo te fue?', la respuesta es: "20 correctas, 20 incorrectas'. Si se le formula esa pregunta a un optimista, la respuesta es: 'Acerté 30, fallé en 10'." La tendencia se mantendría aunque se le ofrezca al optimista un incentivo económico por responder con precisión (en experiencias científicas). "Los optimistas tienen una serie de ilusiones autocomplacientes que les permite mantener el buen ánimo y la buena salud, en un universo básicamente indiferente a su bienestar", explica Seligman, revelándose como un pesimista converso. Esa mirada complaciente del optimista impregna también su forma de percibir al otro y al mundo, achicando amenazas y fabricando recursos.

La pregunta se impone: ¿es ético proponer a la gente adoptar ilusiones, aun si así conquistan la felicidad?

La psicoanalista Graciela Suárez, quien se dedica a ayudar a pacientes oncológicos, dice que no. "La función de un analista es ayudar a la persona a poder mirar sus logros y sus obstáculos, sin autoengaño. La verdad es que no se aprende de los logros, sino de los obstáculos, que son lo único que permite reveer, aprender y cambiar."

La profesional también señala que "no habría que convertir al optimismo en un bien de consumo, en una exigencia más como la delgadez o la belleza." Advierte también que, entre los pacientes que enfrentan el final de sus vidas, el optimismo puede ser una máscara, una defensa contra lo inconcebible que resulta la propia muerte. Pero concede que, con ayuda terapéutica, la mayoría de las personas logra vislumbrar alguna forma de trascendencia, sea a través de los hijos, la obra u otras herencias. Recuerda el caso de una joven paciente que, en los últimos meses de su enfermedad, montó una tabla de madera sobre su cama ortopédica para poder enseñarle a sus hijas a amasar pan. "Se puede lograr una mirada positiva y reparadora aún en las situaciones más dolorosas, pero esta mirada es individual y subjetiva. No creo que se pueda enseñar", subraya.

SOY, LUEGO CAMBIO

Desde otro ángulo, la investigadora estadounidense Carol Dweck –experta en psicología de la motivación y de la personalidad, autora del libro Mindset(Vergara)–, opina que el optimismo está al alcance de todos con sólo adoptar lo que ella llama "la mentalidad de cambio": la conciencia de que no tenemos personalidades fijas e inmutables, sino que cambiamos y crecemos como personas cada vez que nos arriesgamos a aprender algo nuevo. El optimismo –explica Dweck por mail desde la Universidad de Stanford, California– se incrementa naturalmente cuando uno se da cuenta de que es dueño de su destino. Brinda un ejemplo elocuente: hace unos años, en un juego de fútbol americano televisado para todo EE.UU., el jugador Jim Marshall atajó la pelota y corrió –con la hinchada desgañitándose desde las tribunas–...en sentido contrario. Hizo un touchdown en contra. ¿Cómo se vuelve de un bochorno semejante? Marshall volvió, dice Dweck. En vez de colgar los botines, decidió abocarse a mejorar su concentración a través de diversas técnicas, y terminó por convertirse en un mejor jugador. En el interín recibió cientos de cartas de personas que le contaban sus propias experiencias humillantes, y al contestar sus cartas, se convirtió también en una persona más compasiva.

La psicóloga aconseja educar a los chicos con una mentalidad de crecimiento: no felicitarlos por sus logros sino por sus esfuerzos y mejoras. Y sobre todo, hacerles entender una verdad científica: que el cerebro desarrolla nuevas conexiones cada vez que aprende algo nuevo. Por la misma razón, aconseja a las empresas que, al seleccionar candidatos para un puesto, evalúen base a tres factores: capacidad, motivación y aptitud para el cambio.

Por supuesto, hay tradiciones que vienen enseñando lo mismo desde hace milenios, con una mirada más esencial. Por caso, el budismo. "El budismo es una tradición profundamente optimista, por dos motivos –explica Gerardo Abboud, traductor personal del Dalai Lama y director del Centro de Budismo Tibetano Dongyuling–: por un lado, porque concibe la naturaleza del ser humano como fundamentalmente buena, generosa y compasiva, y por otro, porque asegura que si se trabaja sobre estas cualidades (superando la ignorancia que las oculta), todas las personas, desde un sabio a un asesino, pueden mejorar y alcanzar la santidad."

La forma de transformar la personalidad que propone el budismo es a través de la meditación y otras prácticas contemplativas. "Pero el Dalai Lama es amplio en este sentido: siempre aclara que cualquiera puede alcanzar las virtudes del corazón (el altruismo, la generosidad, la tolerancia, la sabiduría), sin abandonar su tradición o disciplina, si realmente se aboca a desarrollarlas."

OPTIMISMO EXISTENCIAL

El optimismo puede ser constitutivo, el legado de un padre o madre optimista, y hasta una expectativa racional, basada en circunstancias favorables. Así podría entenderse el positivismo expresado por los argentinos en una reciente encuesta de Gallup, en la que –aparentemente inspirados por el repunte económico–, el 56% de los encuestados pronosticaron un 2007 venturoso.

¿Pero qué pasa si uno se aventura en aguas más profundas? ¿Qué lugar tendrá el optimismo –o su prima hermana, la esperanza– en la historia de un pueblo?

La respuesta llega desde un lugar inesperado. George Ellis es un eminente cosmólogo y matemático sudafricano, cuyos escritos sobre el racismo fueron prohibidos por el ex régimen del apartheid en su país.

Nutriéndose de su militancia, Ellis construyó una teoría que bien podría tender un puente entre la ciencia y la espíritu. Afirma el científico que, durante los años oscuros del gobierno segregacionista, el único pronóstico racional para su país era que terminaría sin más en un sangriento holocausto racial. "Esto no ocurrió por las acciones transformadoras de líderes maravillosos como Nelson Mandela y Desmond Tutu, que frustraron el cálculo racional." ¿De qué se valieron para hacerlo? "De la esperanza", dice Ellis sin titubear, en una entrevista vía correo electrónico.

El respetado científico –quien escribió su primer libro en coautoría con Stephen Hawking y cuyas reflexiones acerca del tiempo y el espacio se estudian en las universidades – propone que, para entender el universo en toda su complejidad, es necesario equilibrar la racionalidad con la fe y la esperanza. "Algunas cosmovisiones científicas propugnan que las  emociones, la fe y la esperanza interfieren con las decisiones racionales. Esta es una visión falsa. No es posible tomar
decisiones sobre la base de la razón sola. Primero, necesitamos valores para guiar nuestras decisiones racionales. Y segundo, necesitamos fe y esperanza para vivir porque la información de la que disponemos nunca alcanza". Ellis explica: "Cuando tomamos decisiones de vida como con quién casarnos, qué trabajo elegir o si mudarnos a otra ciudad, nos basamos siempre en la fe respecto de cómo serán las cosas, y en la esperanza de que se den de la mejor manera posible. "

El optimismo al que alude Ellis no es negador ni es ingenuo; es el optimismo de los visionarios y los hacedores, de los que abrazan el sí cuando todo alrededor está gritando que no.

Más que postular un universo perfecto, este optimismo de alma expresa confianza en la vida y en sus infinitas posibilidades.

"Aunque supiera que el mundo se caería a pedazos mañana, igual plantaría mi manzano", se pronunció Martin Luther King Jr., años antes de morir asesinado.

¿Tozudez sin sentido? Bendita inconsciencia por la que el mundo gira.

Clarin.com: http://www.clarin.com/diario/2007/02/18/sociedad/s-01365451.htm

 

 

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