La «operación bikini» dispara la anorexia

Cuatro de cada diez nuevos casos se diagnostican en verano - Las consultas aumentan después de las vacaciones estivales - Muchos enfermos tardan hasta ocho años en acudir al médico tras los primeros síntomas

Marta Borcha

Madrid- Lucir un «cuerpo diez» en playas y piscinas es un propósito que suele empezar por dietas y actividades deportivas y puede convertirse en una obsesión. Un fenómeno que confirma un estudio de la Fundación Anorexia y Bulimia (ABB), que revela que el 40% de los casos de trastornos alimentarios se inician en verano.

   La popularmente llamada «operación bikini», en la que el objetivo es perder mucho peso en poco tiempo, implica dejar de comer alimentos fundamentales para el organismo. Esto lleva a muchos jóvenes, principalmente chicas, a perder el control e iniciar un proceso de adelgazamiento que puede acarrear graves secuelas. «Durante los meses de calor, los cánones de belleza sociales son más impactantes, por eso muchas personas deciden tontear con algunas dietas que se presentan como milagrosas», explica Raquel Linares, presidenta de la ABB.

   Los profesionales alertan de que muchas dietas que parecen inofensivas son nocivas. De hecho, algunas propuestas para perder kilos no siguen las pautas mínimas de una dieta equilibrada, y a menudo se realizan sin control médico, llevándose a extremos enfermizos.

   «Cuando no se puede lucir un supuesto cuerpo diez en la playa, cuando la seguridad personal se basa en el aspecto y cuando se recibe el mensaje social “más delgada, estás mejor, más guapa”; cuando todos estos mensajes se unen, chicas y chicos obsesionados por adelgazar en verano acaban introduciéndose en procesos de trastornos de conducta alimentaria», señala Linares.

   El complejo del michelín

   Las rebajas, el bombardeo publicitario de dietas prodigiosas y el complejo a enfundarse el bikini con barriga, michelines y «pistoleras» convierten el verano en propicio para alterar los hábitos alimentarios. «Empecé haciendo dietas el primer año de carrera. Me fui de viaje con las compañeras de curso, todas guapas y delgadas, así que empecé con esta horrible enfermedad», explica Carmen en uno de los muchos foros sobre anorexia que hay en internet.

   El segundo año de universidad vivía sola, prosigue, «por lo que podía hacer lo que quisiera: Iba todos los días al gimnasio casi ocho horas y apenas comía, hasta que llegó el verano y tuve que volver a mi casa. Empecé a vomitar cuando comía con mi familia, utilizaba cualquier excusa para levantarme de la mesa. Luego seguí haciéndolo todos los días. Harta de pensar en la comida, me corté las venas, pero no conseguí suicidarme. Mis padres lo descubrieron y me internaron en un centro. Siempre que hablo de la enfermedad, la comparo con la droga, porque te mata poco a poco».

   «Cuando llega el calor, muchos padres, familiares o amigos se dan cuenta de la delgadez de alguna persona próxima y reconocen algunos síntomas de la anorexia, como la obsesión por las dietas, el abuso de productos dietéticos, el control de las calorías, evitar comidas familiares, los ayunos o la costumbre de desmenuzar los alimentos», recuerda la ABB. En verano, las consultas de sus centros de Málaga, Sevilla y Barcelona aumentan un 25 por ciento.

   Angustia e impotencia

   Desde la Asociación en Defensa de la Atención a la Anorexia Nerviosa (Adaner), la psicóloga Sara Herrera explica la angustia y la impotencia con la que llegan muchos padres: «Es muy duro para la familia observar cómo un ser querido va deteriorándose física y psicológicamente por culpa de la enfermedad. Eso provoca una carga emocional muy fuerte y crea mucha tensión». Las pacientes niegan al principio el problema. «A pesar de que están muy delgadas, dicen que sus padres las quieren ‘‘cebar’’, que están ‘‘gordas’’ y que por eso quieren adelgazar». «Estas chicas no se ven como son. Aprecian una realidad distorsionada en el espejo».

   Las actitudes raras con la comida, los cambios de carácter o las oscilaciones inexplicables de peso son signos claros de alerta de la tormenta que se avecina. Por ello, abogan porque rápidamente se acuda a profesionales para una detección precoz. Actualmente, según estudios de la ABB, los enfermos acuden al médico entre 3 y 8 años después de contraer la enfermedad, cuando los daños pueden ser ya crónicos.

   Las secuelas de la anorexia y la bulimia las conoce muy bien Laura, de 24 años: «Todo empezó a los 21, cuando no encontraba ropa de mi talla. Me obsesioné con el deporte y estuve dos años machacándome y comiendo sólo ensaladas. Las uñas se me hicieron como de papel, me salieron manchas, el pelo se me caía, los dientes se me pusieron amarillos y mi cuerpo se volvió muy frágil».

   Después de pasar una anemia que casi termina con su vida, Laura empezó a comer de nuevo: «Me encontraba mejor, pero notaba que engordaba, así que empecé a vomitar la comida y me volví bulímica». Esta joven terminó destrozándose la garganta y el organismo: «La última recaída que tuve, recuerdo que escupía sangre por la boca, me hizo ver el mundo de otra manera y me puse en manos de profesionales y psicólogos». A pesar de ello, Laura asegura que a día de hoy «no soy capaz de mirarme al espejo, porque me veo mal y toda ‘‘descolgada’’. Mi piel se me ha venido toda abajo, tengo mucha flacidez. He envejecido diez años».

   Un respiro familiar

   Los campamentos de verano dirigidos a afectados han aumentado en nuestro país un 25 por ciento este año. En ellos les enseñan a recuperar la confianza perdida, reforzar la autoestima y aprender a comer de nuevo. Bajo una extrema vigilancia de 24 horas, las internas disfrutan de deportes, talleres y juegos que se completan con jornadas de relajación y masaje.

   Los campamentos, destinados a jóvenes que ya están en tratamiento, suponen un respiro para las familias, que se ven muy afectadas por el desgaste físico y emocional que acarrea tener en casa a una persona con estos problemas.

La Razón:
http://www.larazon.es/noticias/noti_soc37012.htm

 

 

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