La mente asesina

Cristina Aguayo-Mazzucato

La ciencia trata de entender la mente de los asesinos capaces de cometer actos tan violentos como el que recientemente presenciamos en la Universidad Tecnológica de Virginia, donde un estudiante cobró la vida de decenas de personas sin ninguna razón aparente. Lo que la ciencia sabe hoy en día sobre la sicología detrás de actos tan violentos como los que protagonizó Cho Seung Hui parte del supuesto de que los agresores tienen ciertas características físicas que los hacen propensos a cometer este tipo de actos.

Una de estas diferencias físicas se encuentra en los genes. En 1993, la revista Science publicó un estudio que analizaba el código genético de una familia holandesa en la que 14 de sus miembros habían cometido actos violentos. Encontraron cambios en una proteína cerebral, abreviada MAO, que en las personas violentas funcionaba menos que en personas normales o sanas. Esta proteína elimina de las neuronas la adrenalina, un neurotransmisor que aumenta la actividad cerebral y está relacionado con conductas impulsivas. Este hallazgo presupone que el cerebro de un asesino es químicamente distinto al de otras personas.

A estas alturas, la secuencia de los hechos que ocurrieron ese día es bastante clara. A las 7 de la mañana Cho Seung Hui mató a dos estudiantes en los dormitorios. Durante las dos horas y media que siguieron envió un video a una de las principales cadenas de televisión en Estados Unidos; en él exponía las supuestas causas de sus actos. Una vez hecho esto, se dirigió a cuatro salones de clase matando a decenas de maestros y alumnos. Finalmente se suicidó dejando sacudida a la sociedad estadounidense y cuestionándose al resto del mundo sobre las razones de estos episodios cada vez más violentos y frecuentes en EU.

La búsqueda de las razones de por qué hizo lo que hizo ha dado paso a muchas teorías; desde el campo científico podemos decir que el inicio de las pruebas de resonancia magnética funcional hizo posible estudiar la actividad cerebral de personas despiertas. Con este método encontraron que la función del cerebro de asesinos tenía tres diferencias importantes. En primer lugar, tenían una actividad disminuida en la corteza frontal, el área del cerebro encargada de racionalizar las emociones, de tener capacidad de juicio, de sentir empatía, así como de desarrollar serenidad y paciencia. En segundo lugar, tenían un incremento en la actividad del sistema límbico, área cerebral encargada de emociones primarias e impulsos como la agresividad. Y, en tercer lugar, se dieron cuenta que estos impulsos adquirían carácter de obsesivo, por lo que los asesinos no podían pensar en otra cosa. En resumen, según estos estudios muchos agresores tienen pensamientos e impulsos violentos constantes e incontrolables y no son capaces de juzgarlos como inapropiados ni de canalizarlos.

En este punto, es necesario tomar en cuenta la participación dentro de la mente criminal del ambiente en el que se desarrollan las personas, como la familia, la escuela, los amigos... Aunque se trata de uno de los factores más difíciles de evaluar desde una perspectiva científica, se acepta que las personas que han sido víctimas de abuso durante la infancia, o vivido en un ambiente extremadamente violento, tienen mayor riesgo de convertirse en agresores.

También la sociedad juega un papel importante al definir la conducta de los ciudadanos. Actos como los del Tecnológico de Virginia reviven las preguntas sobre la regulación de la venta de armas en EU. También se vuelve a discutir la posible influencia que tienen las imágenes de cine y tv sobre los actos violentos. A este respecto cabe destacar un estudio publicado en la revista Pediatrics en 2006 que prueba que aquellos adolescentes que ven programas con altos contenidos de violencia tienen mayor riesgo de estar involucrados en peleas. Sin embargo, las evidencias sobre este tema no son concluyentes, ya que existen otros estudios que no encuentran correlación entre los niveles de violencia en los medios y el comportamiento de la sociedad.

Extrapolando estos conocimientos al caso específico de Cho, no se ha determinado su perfil genético para saber si tiene algún gen que se relacione con la violencia. No se le hicieron imágenes de resonancia magnética para ver cómo funcionaba su cerebro. La información que se tiene sobre su infancia carece de datos extraordinarios: creció en una familia nuclear, de clase media, y su hermana es economista egresada de una de las mejores universidades del mundo. El rol que jugó la sociedad en su vida es algo muy difícil de determinar. Por eso, preguntas como habría pasado lo mismo si Cho hubiera vivido en Corea o en Japón y no en EU permanecerán sin respuesta.

Así, la ciencia detrás del pensamiento criminal parece decirnos que hay genes que predisponen, funciones cerebrales que impulsan y experiencias que encaminan. Pero, desafortunadamente, la mente asesina sigue siendo igualmente elusiva para la ciencia como la mente de cualquiera de nosotros.

Médico cirujano

El Universal:
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/37457.html

 

 

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