«Es para matarnos»

CRUZ MORCILLO. MADRID.

El relato sobre sus fechorías es obligatorio en el tratamiento, advierten los terapeutas. Muchas veces acaba en lágrimas, en ira, en abatimiento. «Es para matarnos», se oye con frecuencia al final de esas inmersiones, explican los expertos. El preso entra en un periodo de depresión que hay que vigilar de cerca; si la víctima real es un familiar o alguien próximo, el riesgo de suicidio es más que una posibilidad.

Antes y después de ese momento, están las víctimas de agresiones sexuales, las grandes olvidadas tantas veces, cuando un juez decide que su testimonio no basta, que medió provocación, que no se defendió suficientemente o, como el caso de esta semana, que el violador debe volver a la libertad pese a que haya informes de psicólogos que alertan de que «el riesgo de reincidencia es elevado».

José Rodríguez Salvador, «el violador del valle de Hebrón», fue condenado a 311 años de cárcel por 17 violaciones. Ha cumplido 16 y su condena está liquidada (el máximo legal previsto son 20 años), pero no se ha rehabilitado. El programa de agresores sexuales de la Generalitat que siguió no le ha servido.

La Fiscalía acudirá al Tribunal Supremo para que vuelva a la cárcel, pero pasará tiempo hasta que se pronuncie el alto Tribunal; también sus víctimas, después de que la Audiencia de Barcelona rechazara aplicar la llamada «doctrina Parot» y, por tanto, alargar la pena. Esta vez el debate jurídico se ha superpuesto a la alarma social y las pesadillas que reviven las mujeres atacadas cada vez que un violador en serie pone los pies en la calle, y al recién mitigado en torno a la castración química.

Las cifras. Dentro, pagando sus delitos hay 2.436 agresores sexuales en los centros que dependen de Instituciones Penitenciarias: 1.719 están condenados por agresión sexual y 603 por abusos; otros 114 cumplen pena por el genérico delitos contra la libertad sexual del antiguo Código Penal. De ellos, 322 violadores siguen, con más o menos aprovechamiento, los programas de rehabilitación tras las rejas en 27 centros. Son voluntarios, no reportan beneficios penitenciarios y colocan al mostruo cara a cara con su delito y con su víctima.

«Tienen que hablar de ellas; se les muestran fotografías de sus víctimas con golpes, hematomas, sangre, en los servicios de urgencias y se les detalla la devastación psíquica que provocan. Les hablamos del miedo que sufren durante años o durante toda la vida, de sus inseguridades, de sus problemas para tener pareja en el futuro, incluso hijos. Es la parte más dura, la que más les cuesta aceptar porque cada violador intenta minimizar ese daño», explica la psicóloga de Instituciones Penitenciarias, Guadalupe Rivera, experta en tratar violadores y maltratadores.

Las características. En los programas, en torno a una misma mesa, se sientan algunos de los monstruos más odiados dentro y fuera de la cárcel. Se busca una empatía que ellos nunca ejercieron, se intenta desterrar el falso mito de que son impulsivos. «Son muy selectivos -afirma Rivera-, buscan el escenario que les beneficia: los de mujeres adultas eligen la noche, la oscuridad, la soledad aquello que no les delata; los de niños persiguen, en cambio, la seguridad de una vivienda, el entorno familiar o de allegados y conocidos, donde se sienten impunes». No hay un perfil único. Algunos, como el psiquiatra Francisco Alonso Fernández, experto en psicología de violadores, se atreven a clasificarlos. En su libro «Las otras drogas» señala cuatro tipos: el agresivo, el sádico, el orgásmico y el adictivo. Rivera, que trabaja desde 1998 con este tipo de delincuentes apunta algunos rasgos que suelen repetirse: baja autoestima, escasas relaciones sociales, impulsividad sexual, estilo de vida poco estimulante, necesidad de dominio. «Son personas, en general muy grises, con poco brillo laboral y personal».

Coincide con Alonso en que individuos como Rodríguez Salvador tienen muchas menos probabilidades de reincidir con un tratamiento adecuado o más bien con un cóctel de tratamientos: terapia que enseñe conductas, control basado en determinadas sustancias -la famosa castración química-, y sobre todo control posterior. La cárcel les «protege», pero cuando salen resurge el riesgo sin matices. De cada cien agresores sexuales que ingresan en prisión reinciden veinte. En el caso de quienes acaban las terapias este porcentaje se reduce al cinco por ciento. Los datos confirman que merece la pena intentarlo.

Seguimiento. Sin embargo, tanto Rivera como muchos de los juristas que se han pronunciado estos días sobre la liberación del «violador del Valle de Hebrón» apuntan que el control y seguimiento posterior es fundamental y es la pieza más descuidada del engranaje. La socorrida falta de medios es la única razón que lo justifica. Primero, debería ser obligatorio, pero no es así, que quienes hayan seguido programas en prisión continúen las terapias una vez libres, durante largo tiempo. Pasados cinco años de vida normal, un violador puede considerarse casi al cien por ciento rehabilitado.

Además, deberían estar vigilados. No se puede asignar un policía a cada ex preso, pero sí se ha barajado en más de una ocasión el control telemático como alternativa. Prisiones llevó a cabo hace un año un plan piloto para controlar a los agresores sexuales mediante un localizador (vía GPS) cuando disfrutaban de permisos penitenciarios. El programa fue un éxito. En Madrid lo siguieron tres reclusos de Valdemoro.

«La mayoría de presos, independientemente del delito, tienen un índice de reincidencia menor si disfrutan de permisos penitenciarios antes de alcanzar la libertad definitiva. Es más, si se saben vigilados, el porcentaje de éxito aumenta y, se concedan permisos o no en algún momento el interno será excarcelado», señalan desde Instituciones Penitenciarias. Curiosamente, los presos también se sienten más seguros, sobre todo los violadores.

El caso de un peligroso agresor sexual de permiso que en 2005 vejó y mató en Barcelona a dos policías disparó las alarmas y las buenas intenciones. Desde entonces, este tipo de salidas se producen con cuentagotas. «Se conceden permisos, claro, pero los beneficiarios están muy vigilados, acuden a terapia y su condena está ya muy avanzada», concretan desde Prisiones. Para que un agresor sexual ponga un pie en la calle debe ir a recogerlo su familia, llevarlo de vuelta al centro, no más allá de dos o tres días después. En ese periodo ha de acudir una o varias veces a comisaría; se le prohíbe salir por las noches y actividades vinculadas a factores de riesgo. Se puede alargar una condena, como se ha pedido en el caso del Valle de Hebrón, como en su día se solicitó en el del ya fallecido «violador del Ensanche», Francisco Maíllo, como sucedió hace meses en el de su sucesor en fechorías, el segundo «violador del Ensanche», pero antes o después estos delincuentes vuelven a la calle.

Castración química. Con poco fundamento científico y menos rigor legal, este verano volvió a suscitarse el debate en torno a la castración química -para inhibir la líbido- de la mano de Sarkozy. Jueces y fiscales se mostraron contundentes: la medida sería inconstitucional y constituiría un ataque a la integridad del individuo y a laresocialización del preso. La palabra degradación fue una de las más suaves que salieron a relucir. Ni psiquiatras ni psicólogos hallaron razones para aplicarla. La ciproterona (inhibidor periférico de la testosterona) y un sedante no parecen suficientes para acabar con las desbocadas pulsiones sexuales. «Funcionaría en muy pocos casos, y sólo como complemento», concluye Rivera. El psiquiatra José Cabrera cree que podría servir en casos que esconden «problemas genéticos y excepcionalidades hormonales». La castración no elimina conductas: «El violador puede estar más cabreado con menos testosterona», dice Cabrera.

El debate continúa igual de abierto e igual de encendido. Las víctimas se sienten «maltratadas institucionalmente» por lo que ha ocurrido en Barcelona. Algunas han tenido que ver cómo un coche de policía se paraba en su puerta para decirles que su violador volvía a la calle. Ellas, las más afortunadas, han tardado meses o años en recuperarse y ahora el horror reaparece y se lo pueden cruzar por la calle.

«Piensa en la mujer que más quieres en el mundo, tu madre, tu hija, tu esposa..., inventa y describe una experiencia como lo que tú hiciste pero con ella de protagonista». La provocación forma parte de la terapia que reciben los violadores en las cárceles.

ABC:
http://www.abc.es/20070923/sociedad-sociedad/para-matarnos_200709230244.html

 

 

Nombre
e-mail
Teléfono



Solicitud

Solicitud de cita

Información

 

 

 


 
  

FeedRSSSuscríbete al fedd rss   

Utilizamos cookies propias y de terceros para medir nuestra audiencia, mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad sin recopilar datos personales en ningún momento. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso.
Política de cookies +