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Cuando la única salida tiene forma de navaja

Los jóvenes recurren a la automutilación para sentirse en control de sus vidas, prefiriendo el dolor físico al sufrimiento emocional.

Blanca Valadez

Monserrat experimenta cierto placer cada vez que introduce el cúter en su pierna o brazo. Según la joven de 15 años, desde que inició la práctica de automutilación ha sido muy cuidadosa para evitar que alguna herida se le infecte o que pueda cortar alguna vena importante.

Por lo regular, relata la estudiante de segundo grado de preparatoria, desinfecta el cutter y ya después de efectuar la limpieza adecuada, procede a cortar de manera lenta su propia piel.

La joven no permite que en ese instante domine la ira o la desesperación porque, hacerlo, afectaría el resultado que anhela obtener al final: Una descarga emocional capaz de apagar su ansiedad y su tristeza, de tranquilizar su alma.

Monserrat aun ignora por qué eligió ese método “tranquilizador” cada vez que se enoja, se siente triste, muy frustrada, aburrida o porque algún amigo la hizo sentir mal. Sólo sabe que al cortar sus piernas, de la rodilla para arriba, parte de sus tobillos, así como en el brazo izquierdo, experimenta dicha descarga emocional.

¿Pero qué le agobia a la joven? En apariencia no hay motivos de conflictos familiares. Según relata la estudiante lleva una buena relación con su padre y madre. Ellos son profesores de artes plásticas, y son bastante comprensivos en general y a veces hasta resultan agradables, aunque a veces, dice, “me regañan por cosas que ni al caso”.

Sin embargo, sus progenitores jamás han sentido curiosidad por descubrir por qué siempre usa sweater o blusas de manga larga, aun cuando en Aguascalientes el calor puede llegar a ser sofocante. En su guardarropa, las faldas cortas están vetadas así como cualquier prenda que ponga al descubierto sus innumerables cicatrices, las cuales, se han convertido para la joven en la expresión pura de un dolor interno.

Tampoco se han preguntado por qué Monserrat a veces es menos ágil al caminar. Su andar lento recuerda al de un enfermo convaleciente o recién operado.

Su hermano menor, relata, sabe de su gusto por cortarse la piel, pero ha optado por guardar silencio. La gran mayoría de sus amigos también saben que la joven se automutila, y no porque Monserrat pregone a los cuatro vientos su gusto por cortarse, sino porque la han visto hacerlo en el baño. Todos han optado por convertirse en sus cómplices aun cuando desaprueban sus acciones.

Monserrat es una joven bonita y esbelta, de ojos tristes, de cabello teñido de pelirrojo, estatura promedio, y linda sonrisa. Sin embargo en su propio mundo, ella no es la princesa del cuento sino más bien la bruja que se aparece cada vez que se mira al espejo.

“Soy fea”, insiste durante la entrevista. Por eso se ha cerrado al amor y al contacto humano.

Monserrat niega la influencia de modas, imitación de historias de películas, de artistas o de música que celebra la automutilación. Ella, recuerda, ya se hacía daño desde pequeña con sus propias uñas. Se arañaba cuando se enojaba y nadie comprendía sus razones. Luego sustituyó las uñas por un vidrio, pero el riesgo era demasiado. Hace un año eligió el cúter, mismo que guarda con recelo y lleva a todas partes.

La joven niega necesitar ayuda especializada. “No creo que lo que hago sea tan terrible”. Mucho menos anormal.

Y es que en su escuela, el hábito de cortarse se ha convertido en una práctica común. Lo hacen los llamados jóvenes sin moda, pero también los que se autodenominan emo, una tendencia juvenil con raíces en el postpunk, el hardcore, y el indie rock de la década de los ochenta.

Santiago es emo y, por esa razón, siempre anda triste. Utiliza las convenciones de esta cultura juvenil –la cabellera lacia, con largo y abundante en fleco para cubrir el rostro, los pantalones extremadamente entubados, los tenis Chuck Taylors de bota, el andar lánguido y el iPod lleno de The Red Jumpsuit Apparatus y Armor for Sleep, música screamo y emocore, bandas de chavos no mucho mayores que él, gritando su dolor–para expresar y ocultar al tiempo sufrimiento y soledad. El joven de 15 años también se automutila.

Herirse a sí mismo

Los ingleses fueron los primeros en notar que algunos de sus jóvenes se hieren a sí para cambiar un estado emocional desagradable o liberar tensiones. El fenómeno ya alcanzó a los adolescentes de México.

La psicóloga Marisol Rodríguez, del Instituto Nacional de Autoestima y del Centro de Atención Psicológica de la Universidad del Valle de México, no duda que la autoflagelación afecte a por lo menos 1 de cada 10 jóvenes mexicanos, como marcan las estadísticas internacionales, aunque en el país aún no se tengan datos exactos.

Según la especialista cuando los jóvenes no pueden verbalizar sus emociones, optan por cortarse ya que “el dolor físico es más soportable que el emocional” además de que mantienen bajo control el sufrimiento.

Enfrentando al filo

La automutilación es intensamente privada, por lo que puede ser difícil de detectar. Sin embargo, hay algunas pistas que pueden indicar que un adolescente tiene este problema.

Heridas frecuentes e inexplicables, las cicatrices y moretones de éstas, o las manchas que dejan en el interior de la ropa. Los chavos que se hieren a sí mismos generalmente mienten sobre el origen de sus heridas, o las descartan como poca cosa.

Objetos como navajas o cuchillos olvidados en lugares extraños de la casa, u objetos puntiagudos escondidos en el cuarto del adolescente. Algunos de ellos hasta cargan consigo sus instrumentos.

Encierros largos y persistentes en su cuarto o en el baño. Aunque la mayoría de los adolescentes insisten en su privacidad, si además los encierros ocurren con frecuencia regulare (todos los días al regresar de la escuela, por ejemplo) pueden apuntar a un problema más serio.

Renuencia a usar mangas cortas, shorts o faldas, aun en climas calientes. Quienes se cortan a sí mismos usan la ropa para ocultar heridas y cicatrices.

Evidencia de que los amigos del adolescente se autoflagelan. Aunque este fenómeno no se difunde por imitación, las condiciones que lo propician suelen ser compartidas.

Autoflagelados

El centro para la Investigación del Suicidio de la Universidad de Oxford encuestó a 6 mil adolescentes sobre la autoflagelación.

El estudio encontró que más de uno de cada diez se ha cortado a sí mismo deliberadamente en alguna ocasión

Las jóvenes resultaron cuatro veces más propensas a herirse a sí mismas que los varones.

Apenas 13 por ciento de los incidentes de autoflagelación fueron suficientemente graves para requerir atención en un hospital.

Milenio:
http://www.milenio.com/mexico/milenio/nota.asp?id=507822

 

 

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